Esta lila se deshoja,
Desde sí misma cae
y oculta su antigua sombra.
He de morir de cosas así.
-Oh, usted sabe -contestó Pola-. El miedo no es mi fuerte.
Dijo: Oh, vous savez, un poco como debió hablar la esfinge antes de plantear el enigma, excusándose casi, rehusando un prestigio que sabía grande. Habló como las mujeres de tantas novelas en las que el novelista no quiere perder tiempo y pone lo mejor de la descripción en los diálogos, uniendo así lo útil a lo agradable.
-Cuando yo digo miedo -observó Oliveira, sentado en la misma banqueta de peluche rojo, a la izquierda de la esfinge- pienso sobre todo en los reversos. Usted movía esa mano como si estuviera tocando un límite, y después de eso empezaba un mundo a contrapelo en el que por ejemplo yo podía ser su bolso y usted el Père Ragon.
Esperaba que Pola se riera y que las cosas renunciaran a ser tan sofisticadas, pero Pola (después supo que se llamaba Pola) no encontró demasiado absurda la posibilidad. Al sonreír mostraba unos dientes pequeños y muy regulares contra los que se aplastaban un poco los labios pintados de un naranja intenso, pero Oliveira estaba todavía en las manos, como siempre le atraían las manos de las mujeres, sentía la necesidad de tocarlas, de pasear sus dedos por cada falange, explorar con un movimiento como de kinesiólogo japonés la ruta imperceptible de las venas, enterarse de la condición de las uñas, sospechar quirománticamente líneas nefastas y montes propicios, oír el fragor de la luna apoyando contra su oreja la palma de una pequeña mano un poco húmeda por el amor o por una taza de té.
Atada por una condición de cielo
quiero volar, quiero perder estas sandalias;
hasta mi voz es burla de ala,
Hasta mi amor es un volcán de plumas.
Hija del Roc, magnífica farsa
que en un lecho de tierra gime y sueña
mientras las nubes trepan
y los vientos corroen los metales.
-Padre, pájaro nubio, enorme crueldad,
oh tu sombra infinita que copian mis cabellos,
esta carrera inmóvil de mi cuerpo temblando!
En un palacio de cortinas negras,
En una barca de remeros sordos,
buscando desatarme
me enlazo a mis esclavos, a las vírgenes,
desangro adolescentes y corderos.
Y tú vuelas, posándote en las nubes,
centro perpetuo del espacio.
Ah, encontrar a mi madre
y arrancarle los ojos.